SOCIEDAD THRESHOLD MÉXICO
Orden Sufi Mevlevi

La humildad de la Presencia y las estaciones del yo
Kabir Helminski al-Mevlevi

Traducido por Gastón Fontaine y Patzia Gonzalez Baz

TOMANDO EN CUENTA EL MODELO de individualidad que hemos descrito en los capítulos anteriores, podemos reflexionar acerca de que clase de ser nace a la existencia cuando el “ser” se relaciona con el “Espíritu” gracias a la mediación del corazón. Sin esta última, la individualidad se ve dominada por el ser falso, una personalidad condicionada y construida socialmente. La preocupación con el ser falso es una de las características fundamentales de la cultura occidental moderna; afecta e infecta cada área de nuestras vidas, incluyendo nuestra espiritualidad. Es algo tan dado, que requiere de una larga educación y recondicionamiento para poder sobreponernos a nuestra esclavitud al ser falso.

Hay dos enfoques muy diferentes de la felicidad, la realización y el bienestar: la gratificación del ego y la trascendencia del mismo. El que domina en nuestra sociedad materialista y consumista es la gratificación personal. La seguridad, los placeres, y el status son el objetivo primordial detrás de toda actividad. Esta actitud no está limitada sólo a los deseos y ambiciones del mundo- puede también afectar, e incluso infectar, nuestras presunciones de "desarrollo espiritual."

Incluso podemos plantearnos la interrogante: "¿En qué medida es mi acercamiento al camino espiritual una preocupación por mí persona y en que medida se trata de una apertura trascendente hacia la Verdad?" Para visualizar esto más claramente, imagínese a si mismo representado por una silueta en colores contra un telón de fondo. ¿Cuánta de su energía y atención se dirige sobre la silueta, cuánta sobre el telón de fondo y cuánta sobre la relación que hay entre ambos?

En algunas enseñanzas y enfoques, la silueta en sí es lo importante. "Usted" es el número uno de "su" universo. Sus estados de conciencia y su propio desarrollo son el foco, y el telón puede representar su relación con el mundo exterior, él que puede oponérsele, distraerle u ofrecerle realización.

        Hay un segundo enfoque que sugiere que sólo el telón es real y todo lo que la silueta representa es irreal. La ego-silueta debe “morir” o ser “aniquilada.”

El enfoque del Sufismo es de que el telón es infinitamente compasivo, consciente, amoroso y pleno de significado; y que la “ego-silueta” necesita encontrar su relación con el “telón” del Amor. El yo puede abrirse a una relación nueva con el Ser; puede enamorarse con el fondo, con el suelo del Ser, y da inicio una especie de danza entre la figura del yo y el fondo del Ser compasivo. El “yo" que no ha llegado a enamorarse del telón de fondo hasta convertirlo en su primer plano, vive una existencia dolorosa, sin amor, cercenada del amor creativo que puede guiar e inspirar su existencia.

Gradualmente, en la humildad de la Presencia, los colores del telón de fondo y del primer plano se vuelven Uno, más aún, a menudo ocurre que el telón de fondo y el primer plano parecen enrocar posiciones y cambiar de papel en juegos traviesos. El amante desaparece en el Amado y luego el Amado desaparece en el amante.

La disciplina para promover el ego no es la misma que aquella para hacerlo transparente. Ambas requieren la persecución metódica de una meta, pero una puede conducir a diversos tipos de encarcelamiento. Mientras la otra puede llevar a la libertad.

Otra forma en que puede ser descrito este proceso de transformación es en términos de cambios de estado: de sólido a líquido y luego a gas. El yo compulsivo-obsesivo es como hielo – duro, separado y solitario. El yo equilibrado es más como el agua, fluido, capaz de mezclarse con otros y fluir, capaz de disolver e incluso purificar la negatividad de la vida. Las etapas más elevadas se parecen al estado molecular de la fragancia – muy sutil, penetrante, sin limitaciones en espacio y tiempo. De modo que podemos visualizar el yo como algo capaz de volverse cada vez más sutil, refinado, espacioso, penetrante.  Mientras más espiritualizamos nuestras cualidades animales y las dedicamos al servicio, más podemos domar a "la bestia" mediante el amor, más lograremos la integración, y más se transforma el yo natural en instrumento de los valores reales, que son de naturaleza transpersonal o espiritual.

 

 

La verdadera humildad sale de la presencia que está en contacto con el Ser. Presencia es nuestra capacidad para ser completos (integrales) en un momento, alineados con nuestra sabiduría más profunda. Presencia es una capacidad para la globalidad, la que puede desarrollarse, abarcando cada vez más y más aspectos de la realidad.  También podría ser descrita como una      atención trascendente que reúne y armoniza todas nuestras partes y funciones, incluyendo pensamiento, sentimiento, intuición y comportamiento. Con presencia, todas estas funciones trabajan juntas de un modo equilibrado y armónico. Sin presencia sentimos una cosa, pensamos otra distinta y por último, quizá callamos ambas. Vivimos una existencia fragmentada en la cual las acciones, pensamientos, y sentimientos a menudo entran en conflicto y en la cual no hay un ser humano presente. Me atrevo a sugerir que un 99% de nosotros conocemos este estado y no obstante nuestra capacidad de presencia es bastante limitada e incluso, puede ocurrir que no la valoremos lo suficiente como para permitirle establecerse en nuestras vidas.

La humildad no consiste necesariamente en considerarse menos importante o menos valioso que otras personas. No es una falta de autoestima; tampoco es una forma modesta de comportamiento y no es el resultado de la humillación. He encontrado útil la siguiente definición de humildad: “nuestra conciencia acerca de nuestra subordinación a algo más grande que nosotros mismos, y de nuestra interdependencia respecto de los demás seres humanos y de toda forma de vida."

Humildad es tener la actitud correcta hacia lo finito y lo Infinito, lo condicionado y lo Incondicionado, la parte y el Todo. La cuestión central tanto de la espiritualidad como de la psicología transpersonal, puede ser el establecer la relación correcta entre la personalidad humana individual y el Todo infinito incondicionado. ¿A qué se refiere el sufijo trans en la palabra transpersonal?

Los temas dominantes de la psicología transpersonal tales como, el trabajo con la autoestima, la visualización creativa, la afirmación, la intuición y la conciencia de los arquetipos, pueden ser de utilidad, pero ¿es este trabajo necesaria o esencialmente transpersonal si todo procede de ese yo que existe separado de la Totalidad? ¿Es lo transpersonal otro ingrediente de una receta para la autoestima y el éxito, o se tratar de algo a lo que nos sometemos y servimos, a lo que pertenecemos por completo?

Este es el problema central de nuestra existencia. Hemos tomado la personalidad humana individual como la unidad primordial de la realidad, y esto conduce a un profundo fracaso y desilusión.  Nuestra cultura americana en general, y el movimiento llamado "New Age" en particular. Aún muestran señales de inmadurez e ingenuidad con relación a este  aspecto central.

Observemos las propuestas de cualquier centro New Age y veremos que la mayoría de ellos tienen como objetivo ayudarnos a obtener consuelo y alivio para nuestro estrés a través de “chupones” místicos; o capacitarnos para obtener nuestras metas más efectivamente, o para ser personas más atractivas e interesantes, o alcanzar mayor control mediante conocimientos secretos o atajos.  Muchas de estas propuestas pueden ser divididas en tres categorías:

-Vendajes para heridos (seminarios de autoestima, meditación para relajación del estrés, etc.)

-Herramientas para constructores de realidades estilo hazlo-tú-mismo (afirmaciones, visualizaciones creativas, etc.)

-Narcóticos para los adictos espirituales (técnicas extáticas, tantra superficial, mimos para el cuerpo).

 

Durante las últimas dos décadas hemos usado la palabra "ho!istica" (“integral") pensando en ella como referida tan sólo a comer alimentos integrales, o a integrar técnicas de reducción de estrés y trabajo corporal a la psicoterapia. 0 podemos pensar que lo integral consiste en no separar el salvado del grano en el cereal- o no separar la mente del cuerpo, o al individuo de la naturaleza. Pero hay una integración mucho más amplia, que implica considerar al individuo como integral con la totalidad del Ser. ¿Y si descubriéramos que hay una continuidad entre el núcleo de la conciencia individual y todos los niveles del Ser? Esta es una idea tan colosal y sin embargo tan básica que es difícil de captar con la mente, pero intentemos aterrizarla.

¿Cuáles son los medios para superar esta separación, esta falsa realidad en la cual vemos al individuo como una unidad separada de la realidad, de algún modo en soledad, pero sin embargo, consiente dentro de una vasta existencia materia¡? La interrogante central puede plantearse de varias formas. ¿Qué hacemos con la conciencia humana individual? ¿Deberíamos desarrollar el ego o aniquilarlo? ¿Cuál es la relación correcta del yo individual con la realidad más vasta? ¿Cuáles son las fronteras apropiadas y reales del yo?

Una psicología espiritual es, por sobre todo, una psicología preocupada de cualidades y valores. ¿Cómo podemos poner cualidades espirituales y valores en acción? ¿Cómo podemos reformular este tema en un contexto verdaderamente integrador y transpersonal?

Antes que nada, ¿qué son los valores y de donde provienen? Webster, el diccionario de la lengua inglesa, define valor, en primer lugar, como el precio o valía en el sentido monetario. Sólo después de la definición número seis o siete de la lista comenzarnos a obtener los significados que buscamos: "aquella cualidad de una cosa por la cual se la considera más o menos útil, deseable, estimable, importante, su grado, de valía, aquello que es valioso en si mismo."

De modo que los valores son las cosas importantes, las cualidades deseables y estimables, valiosas por si mismas. En resumen, valores son cualidades de nuestro universo, que son esencialmente buenas.

Si fuéramos existencialistas, aunque dijéramos que el universo es algo absurdo, podríamos elegir ciertos valores bajo los cuales vivir. Desde la perspectiva transpersonal Sufi, no obstante, creo que la mayoría de nosotros concordaríamos

en que estos valores no son sólo invención de mentes individuales que intentan -con desesperación,- establecer cierto significado y orden. Más bien son propiedades esenciales de la realidad. La realidad es fundamentalmente benéfica. Incluso si hay sufrimiento y dolor, la beneficencia tiene precedencia, y se revela con mayor claridad a través de los riesgos de esta existencia impredecible.
Las cualidades de compasión, generosidad, sabiduría, justicia, belleza y gloria son inherentes a nuestro universo. Las encontramos reflejadas en nuestros propios seres, y también descubrimos que si trabajamos con nosotros mismos, si pulimos nuestros corazones, nos volvemos más capaces de reflejar estas cualidades.
Es importante señalar que nosotros no damos origen ni creamos estas cualidades; sólo las reflejamos. Por nuestra cuenta, no tenemos la inteligencia o creatividad para inventar la sabiduría o el amor. Sólo podemos descubrirlas tal como nos son reveladas, entonces podemos reflejarlas en esta existencia. Desde cierta perspectiva, todas estas cualidades existen en el tesoro invisible y transpersonal de la inexistencia. Somos nosotros quienes las hacernos existir y manifestarse al remover los obstáculos que presenta el falso yo.
Uno de los primeros principios de este modelo del -yo como reflector, es que no nos atribuimos nada a nosotros mismos excepto las limitaciones que imponemos a la manifestación. Nos hacemos responsables de nuestra limitada capacidad de reflexión y permitimos que este reconocimiento nos estimule a generar mayor reflectividad.  La mayor limitación en nuestra capacidad para reflejar las cualidades de este tesoro transpersonal es el falso yo, esa identidad superficial que es, después de todo, una creación del condicionamiento. El falso yo es un papel, un rol, una auto-imagen artificial, un paquete recibido lleno de ideas, opiniones, ilusiones, deseos, caprichos, auto-justificaciones, inseguridades. Tenemos una personalidad irreal que vive nuestra vida por nosotros. Muy a menudo hemos estado viviendo como meras figuras en un mundo figurativo. Hemos vivido como un yo ficticio en un mundo ficticio, ajenos a la realidad Benéfica.

Aquí comenzamos a ver en forma práctica cómo nos resistimos a la manifestación de dichas cualidades. Nuestros propios hábitos para relacionarnos, nuestros temores, nuestra falta de confianza en la Beneficencia de la Vida, producen restricciones y contracción.  Aprendemos a aproximarnos a un estado positivo de inexistencia. No hay propósito más alto que reconocer nuestra propia inexistencia en relación al Todo. En ese nivel, la Unicidad se transforma en nuestro único deseo. ¿Como podemos describir este estado de inexistencia positiva?
La humildad de la presencia, el estado de inexistencia positiva, es cuando podemos vivir a partir de nuestro Yo esencial, el que se manifiesta a través de una personalidad individual pero sin estar dominada por el papel que interpreta ni por sus gustos o aversiones, ni por los condicionamientos o costumbres de su cultura. En contraste, el falso yo vive en la mentira y el temor, pues detesta ser expuesto; defiende su auto-imagen artificial a capa y espada.
El Yo esencial es fundamentalmente invulnerable y relajado, porque está anclado en el Ser. Este anclaje en el centro de uno mismo, permite que la personalidad sea más abierta y honesta, mucho menos defensiva. Si el Yo esencial adopta alguna identidad ficticia –lo que puede ser necesario para ciertos propósitos—no se la toma seriamente, no se identifica con ella, no se va a dormir con ella.
Una vez Rabia, una santa Sufi del siglo décimo, estaba parada frente a la puerta de su casa sin nada para comer, con un pote vacío en la mano. Se le vino a la mente la idea de que con sólo una cebolla, quedaría satisfecha. En ese momento pasó un pájaro sobre su cabeza con una cebolla en su boca y la dejó caer dentro del pote de Rabia.  Ella miró la cebolla, luego miró nuevamente hacia el cielo, sonrió y dijo, "Pero no esperen que crea que la Verdad Todopoderosa es tan sólo un vendedor de cebollas."

La humildad de la presencia nos abre a nuestro propio Yo esencial y a las cualidades de su esencia. La humildad es nuestra conexión con nuestro Ser fundamental, con nuestro Yo esencial que tiene ciertas cualidades, entre ellas:

Aceptación de aquello que es, en lugar de quejas al estilo “pobre de mí” o “¿Por qué yo?”
Franqueza, antes que preocupación por el “mí.”
Gratitud, antes que resentimiento por lo que me ha pasado a “mí.”
Generosidad, antes que posesividad.
Modestia, antes que vanidad del “mí.”
Perdón, antes que culpa propia o de los demás.
Confianza, antes que inseguridad y duda.

Este proceso de transformación puede ser descrito en términos de cambios de estado de sólido a líquido a gas. El yo obsesivo- compulsivo es como el hielo –duro, separado y solo. El yo equilibrado es más como el agua –líquido, puede mezclarse con otros y fluir, puede diluirse y hasta purificar lo negativo de la vida. Los estados superiores se asemejan más al estado molecular de las fragancias –muy sutiles, penetrantes, y no tan limitados por el tiempo y el espacio. De manera que podemos visualizar al yo como algo que puede volverse más sutil, refinado, amplio y penetrante.
Los siete niveles del ego (nafs)

La tradición Sufi ha comprendido, de manera general, la transformación del ser humano en siete etapas. En otro capítulo describimos un modelo del ser que consiste en la interacción de tres aspectos de la individualidad; el ego, el corazón y el Espíritu. En un estado espiritual, sano, el ser está en relacionado con el corazón que, a su vez, está en una comunicación profunda y espontánea con el Espíritu. Nuestra individualidad es la síntesis de esta trilogía del ser: yo, corazón y Espíritu. También podemos denominarlas: el yo natural (o animal), por una parte y el yo transpersonal (o espiritual) por el otro. El yo animal no es malo, pero carece de conciencia de sí mismo y de autocontrol. Está motivado íntegramente por el instinto, el deseo y la auto-preservación. El yo espiritual, por otra parte, puede proveer conciencia, raciocinio elevado, sabiduría y conducción. La síntesis de estas dos fuerzas se logra gracias a la mediación del corazón (el alma).

Ahora, la individualidad puede ser descrita en una escala de siete etapas que en español podrían denominarse:

El yo compulsivo-obsesivo, nafs al-ammára, es un yo completamente dominado por sus deseos e instintos; casi so hay una separación entre el deseo y la acción. El yo inferior está bajo las órdenes (ammára) de sus compulsiones. El nafs al-ammara es como una capa de oscuridad que nos impide ver nuestra propia luz interna. El yo inferior alega que actúa a favor de nuestros intereses, pero la evidencia apunta en la dirección contraria. Sus deseos caóticos nos alejan de la Realidad, mientras ejerce su tiranía sobre el corazón. La cualidad que necesita ser despertada en esta etapa, es el arrepentimiento, o remordimiento de conciencia.

El yo que se lamenta, nafs al-lawwáma, tiene conciencia de la necesidad de controlar sus compulsiones y deseos. En esta etapa inicia una revolución interna, ya que lo más que podemos hacer es contemplar a que grado estamos esclavizados a nuestros deseos. En el camino Sufi, la práctica del zikr va quemando los velos de oscuridad que nos separan de nuestra propia luz espiritual. La cualidad que necesitamos despertar en esta etapa es la templanza, sobriedad.

El yo equilibrado o inspirado, nafs al-muljaima, es el estado en el que la “fe y las acciones correctas”  han comenzado a predominar en este esfuerzo. La tiranía del egoísmo ha sido derrocada y la persona está logrando un ego más o menos integrado. La cualidad que se despierta en esta etapa es la renuncia (zuhd) a las ambiciones y anhelos mundanos; una libertad del condicionamiento del deseo. Este estado es la meta de la religión y psicología convencionales, y es la frontera del desarrollo convencional del ego. Aunque sólo sea el tercer nivel del desarrollo humano dentro del sistema Sufi, es un gran logro. Para la mayor parte de nosotros, llegar a esta etapa requiere de mucho trabajo personal y psicológico.

El yo tranquilo, nafs al-mutmaína, ha comenzado a vivir a partir de una conciencia superior en la remembranza (zikr) de Dios. Esta es la etapa en la cual el ser humano pisa el Camino del desarrollo consciente. El despertar de la presencia individual y de la remembranza de Dios se convierte en el foco de la actividad vital. La persona sigue teniendo asuntos pendientes de las etapas anteriores, pero puede enfrentarlos dentro del contexto de una experiencia más amplia.
En el Qur’an se dice: “En verdad, en la remembranza de Dios los corazones encuentran la tranquilidad.” Esto describe la etapa del yo tranquilo. La cualidad que buscamos despertar en esta etapa es la pobreza espiritual (fakr), un desapego de las preocupaciones mundanas, libertad de las inquietudes, y paz mental. Aquí la persona comienza a ver a través de las apariencias y reconoce al Ser de Dios atrás de todas las formas; la separación de Dios, en esta etapa, es sólo un velo de luz. La persona está en el umbral de aprehender la realidad de su propia naturaleza.

El yo realizado, nafs al radiyya, está contento con Dios. En él o ella, son ciertas las siguientes palabras de Abdul Qadir Yilani: “El bien y el mal son relativos en lo creado; pero para el Creador son iguales. Un ser humano avanza en la medida que abandone las opiniones personales y los pensamientos como “para mí, en mí opinión, en cuanto a lo que me concierne” y fusiona su orientación y su ser con la intención de su Sustentador. Es por esto que la persona que ha madurado en su percepción de la realidad, no ve falla alguna en la Creación.” Pase lo que pase, la persona se abre a la situación con paciencia y aceptación. Esta es la etapa de la primera fusión o unión con Dios (fana fil-lah). La remembranza ha madurado y derivado en un estado de aceptación, de perdón y de gratitud. La individualidad ha sido transformada a nivel fundamental, algunos diría que la persona “se ha iluminado.” El yo entra en una fase de altruismo espontáneo. A partir de este punto en su progreso, su elevación hacia Dios continuará eternamente; la muerte no puede ponerle fin.

El yo del sometimiento total, nafs al-mardiyya, es el yo que no sólo está satisfecho, sino que proporciona satisfacción a Dios. Es el inicio del descenso de la felicidad de la unión a la encarnación como un ser humano individual; es un descenso que se ve caracterizado por fases de asombro impactante. Esta es la etapa en la que se experimentan tanto la crucifixión como la resurrección. Después de fundirse felizmente en Dios, quinta etapa, el yo debe enfrentar pruebas muy duras para llegar a reconocer que sólo vive para Dios y que no desea otra cosa fuera de la Verdad. La individualidad retorna a la persona que llega a esta estación, pero esa individualidad ya no piensa en términos de sí misma. Sólo es posible el verdadero asombro y conciencia de Dios cuando uno ha regresado de la unión a la individualidad. Paralelamente, es un estado más profundo de amistad y de comunión con Dios, en el que el yo existe lado a lado con el Ser de Dios, en el que cada prueba, cada pérdida se experimenta en una sumisión total. El yo logra un estado de absoluta humildad, de pureza de corazón, de aniquilación de todo aquello que se resiste, se queja, tiene resentimientos o falta de confianza hacia la Realidad.
Esta humildad es como el estado de enamoramiento –un enamoramiento con Dios, y se siente correspondido en el amor. Dos amantes pueden sentarse juntos contentos, felices y en paz. Al estar enamorados, dos se vuelven uno en propósito, sin perder sus individualidades distintivas. Cuando estamos profundamente enamorados los deseos del amante y de la amada son lo mismo, sin discusión ni desacuerdo. Y así estamos complacidos con la realidad y la Realidad está complacida con nosotros. Vivimos en la aceptación, la apertura y la confianza.

Tú y yo

Un momento de felicidad,
tú y yo sentados en la veranda,
aparentemente dos, pero uno en alma, tú y yo.

Sentimos el agua de vida que fluye aquí,
tú y yo, con la belleza del jardín
y el canto de las aves.
Las estrellas nos mirarán,
y les mostraremos
lo que es ser una luna creciente fina.
 
Tú y yo fuera de nosotros mismos, estaremos juntos,
indiferentes a conjeturas inútiles, tú y yo.
Los pericos del cielo harán crujir el azúcar
mientras reímos juntos tú y yo.
 
Y lo que es aún más asombroso,
es que en tanto aquí juntos, tú y yo
estamos en este momento en Irak y Jorasán.
De una forma en este mundo,
y de otra manera en una tierra dulce sin tiempo.

       Rumi Gazal 2114, Furuzanfar 
       
Esta estación nos muestra la verdad de las siguientes palabras: “Los pecadores quedan bajo el velo de sus errores, mientras que los piadosos caen son cubiertos por el velo de su piedad. Pero, más allá de esos dos grupos, Tengo una comunidad en la que los miembros no tienen la intención de errar, y no confían en su piedad. Estoy tan cerca de Mis sirvientes rebeldes cuando dejan a un lado sus equivocaciones, como lo Estoy de Mis sirvientes fieles cuando sueltan su piedad. Nadie está lejos de Mí en sus errores, y nadie está cerca de Mí con sus promesas.”  La cualidad que se despierta en esta etapa en una confianza completa, la persona entrega sus asuntos con Dios como el único Confiable. Esta persona es una verdadera amiga (walí) de Dios y de ella emana una vibración que es benéfica para la humanidad y para toda la creación.

El yo completo, consumado o perfecto, nafs al-kamila, ha logrado alcanzar el espectro completo de los atributos y ha retornado a la vida ordinaria de manera excepcional. Esta persona es completamente transparente ante la Divinidad. Aquí se completa la pobreza espiritual iniciada en la cuarta estación. Una cualidad importante que se atribuye a esta etapa es estar contentos, satisfechos (ridá). Ibn’Arabi, un gran santo Sufi, describió este logro cuando dijo “Mi viaje fue por completo en mi interior, y apunto a mí mismo. Y vi que no era nada más que sirviente, sin trazas de Señorío.”
Toda cualidad y acción pertenecen solamente a la Realidad Transpersonal. No hay existencia separada de esa Unicidad. En este nivel, el yo individual, aunque totalmente funcional, existe dentro y a través de esa Unicidad. Él o ella se ha convertido en un ser humano universal, pertenece a toda la humanidad. Finalmente la Unicidad se refleja por medio de una persona así en una manera que no puede ser descrita o predicha.

Comenzamos por considerar las recetas de ayuda fácil y rápida de la era contemporánea, y avanzamos hasta el estado de inexistencia positiva, humildad de presencia, en la cual se vive sin auto-imagen, en un estado de modestia, apertura, perdón, aceptación y confianza. No hay nada de impracticable acerca de este proceso o de su meta. El resultado final es la manifestación irrestricta de la Vida y la Sabiduría.

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